Anguita sigue vivo en nuestra lucha colectiva, en nuestra lucha organizada.

Corría el año mil novecientos noventa y siete cuando en la facultad de Historia un grupo de estudiantes nos apiñábamos en una mesa en la cafetería durante largas horas de palabras, debates, conversaciones casi siempre entorno a la política, la Historia, la filosofia y también los más vanales temas cotidianos. Diversidad ideológica dentro de un amplio espectro progresista, y uno, el que escribe, afiliado a una organización política llamada PCE, o mejor dicho a sus juventudes y a una cosa llamada Izquierda Unida.

Una de esas conversaciones tornó cierto día sobre una figura conocida popularmente como “el califa rojo”, ex alcalde de Cordoba y máximo responsable de las dos organizaciones donde yo militaba. Había bastante unanimidad en las valoraciones de esta persona y un campañero contaba la anécdota sobre la opinión que Anguita suscitaba en su abuelo, hombre de costumbres y tradiciones arraigadas en nuestra tierra, católico practicante y votante más que probable del PNV. “Que bien habla este hombre, como me gusta todo lo que dice este hombre, cuanta razón tiene este señor. Que pena que sea comunista, sino le votaría”.

La anécdota refleja muy bien aquello que el propio Julio Anguita expresaba con aquello de “quererme menos y votarme más” que a buen seguro ha vuelto a rondar en la cabeza de muchas y muchos simpatizantes y militantes del PCE y de IU durante los dolorosos días posteriores al fallecimiento del Califa Rojo el pasado 16 de Mayo, ante la abrumadora oleada de reconocimiento a su figura expresada desde los más diversos rincones y latitudes ideológicas.

Hay quienes deducen que la mejor manera de convencer al abuelo de mi amigo para que vote las ideas y el programa político de Anguita, es decir, las ideas y el programa del Partido Comunista, es esconder precisamente la palabra Comunista y al Partido Comunista. “¡Como si mi abuelo fuera tonto!” respondería mi amigo.

Julio Anguita se nos ha ido suscitanto mucho reconocimiento y simpatía por su trayectoria política y personal sin esconder su condición, sus ideas o su filiación política. De echo es su filiación y su militancia en un partido, el Comunista, y en su proyecto de convergencia creado allá por 1986 bajo el nombre de Izquierda Unida, lo que ha posibilitado que tras su perdida física todo el mundo en este país supiera quién era Julio Anguita.

Han sido millones las muestras de duelo y reconocimiento a nuestro ex Secretario General y Ex Coordinador Federal en IU. Han sido muchas y muchos los mensajes también poniendo en valor las políticas y posicionamientos de Julio durante su etapa como Secretario del Partido y como Coordiandor de IU y portavoz en el Congreso de los Diputados.  El cariño mostrado estos días desde tantos lares tiene mucho que ver con su forma de hacer política, radical en el contenido pero sin estridencias ni circo romano. Un estilo que se gano el respeto de propios y extraños.

Muchos de los mensajes que se podían leer tanto en los medios de comunicación como en las tan presentes hoy en día redes sociales, nos muestran la enorme huella que deja Julio en la clase trabajadora de nuestro país. Pero también nos advierten de la importancia de cuidar la idea de lo colectivo y de la transmisión de los valores colectivos en nuestra sociedad.  Ha sido muy habitual estos días leer cosas como “el único político que valía la pena”, “el único político que dijo las cosas claras”, “Anguita fue el único que se opuso a Maastricht” o alabanzas como “muere el último político de los de antes, de los de verdad” y cosas por el estilo.

Por eso me parece importante recordar que Julio Anguita era la voz de un sujeto colectivo, de un Partido, de una organización y de mucha gente con carné partidario o sin él, que compartía esas ideas y esos posicionamientos. Si lo fiamos todo a las figuras personales, por únicas y excepcionales que sean como en el caso de nuestro querido Julio Anguita, sin tener en cuenta que son parte de algo colectivo, no sabremos continuar su camino y nos encontraremos huerfanos políticamente tras la desaparición física.

La tradición comunista nos enseña que el mejor homenaje es continuar la lucha, porque esta nunca es individual y nos corresponde a todas y todos aportar nuestra parte, nuestro granito de rebeldía para conseguir ese sueño por el que lucho Julio y por el que aseguró que merecía la pena hasta morir.

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